Se trataba de un insecto coleóptero, de no mas de 5 cm de longitud que se hallaba prendido con sus seis pequeñas patitas a una rama seca a medio podrir, y sin pensarlo dos veces, mi pequeño sobrino lo tomo con sus manitas y me preguntó que era, a lo que respondí: es un escarabajo.
Entre mi colección de mascotas figuran 5 tarántulas, dos escorpiones, un amblipigio, opiliones, cangrejos, gambas, y langostinos entre otros artrópodos, así que mi sobrino, quien me ayuda a cuidar de ellos, insistió en que el animal viniera a casa a vivir con nosotros.
El padre de mi cuñado, un agricultor del pueblo, aseguró que cada época de lluvias era fácil encontrarse con decenas de estos bichitos, a los que los niños solían llamar vaquitas y amarrar lazos para jugarlos con cochecitos cual ganado (no confundir con los que se atan con un cordón para hacerlos volar, según don Alfonso, estos ni siquiera vuelan), y que llegando la época seca prácticamente desaparecen, así que temiendo que esos escarabajos tuvieran un ciclo de vida corto, donde la larva vive bajo tierra y el adulto nace en lluvias, advertí a mi sobrino de que quizá no lo tendríamos por mucho tiempo, tras lo cual, siguió insistiendo en que lo lleváramos con nosotros.
Sin poder negarle a un niño de 6 años la ilusión de criar su primer artrópodo, tomé al animalito en un vaso de refresco desechable y lo traje a casa para luego dirigirme a internet, subir la foto y esperar en un grupo sobre artrópodos de México si alguien sabía de que especie se trataba; normalmente uno se encuentra bichos por todas partes sin darles importancia, pero ese día, mi sobrino sin saberlo hab´+ia salvado del fuego un tesoro cultural maya.
Se trataba de un escarabajo del género Zopherus, conocidos por las etnias mayas como maquech, un animal que es usado como prendedor vivo en el estado de Yucatán, especialmente la especie Zhopherus chilensis.
Ahora la pregunta era: ¿por que ponerle joyas a un insecto y usarlo como prendedor?, y tras buscar en internet encontré la respuesta (pongo todo exactamente como lo saqué de la fuente):
Esta es la leyenda de una bella princesa que tenía los cabellos como las alas de las golondrinas. Por eso se llamaba Cuzán, que es el nombre maya de este ave. Las historias de la belleza de Cuzán se contaban en todo el reino, más allá de los muros de la ciudad sagrada de Yaxchilán.
Cuzán era la hija preferida de Ahnú Dtundtunxcaán, el Gran Señor que se sumerge en el cielo. Era alegre y feliz, y su rostro brillaba como el sol cuando su padre ponía a sus pies lo más bello de sus tesoros de guerra. Cuando Cuzán tuvo edad para el matrimonio, su padre concertó la unión con el hijo del Halach Uinic de la gran ciudad de Nan Chan, el príncipe Ek Chapat, el futuro Señor del Reino. Cuzán aceptó la elección de su padre.
Un día, al regresar de la guerra, el rey envió los tesoros del botín a Cuzán. Cuando la princesa fue a la sala del Gran Palacio para agradecerle a su padre el rico presente, lo halló acompañado de un hermoso joven llamado Chalpol, Cabeza roja, porque su cabello era de color encendido. Sus almas quedaron atrapadas en un lazo de fuego.
El corazón desbocado de la princesa sólo hallaba sosiego en el nombre de Chalpol. Juraron no olvidarse nunca y se amaron con locura bajo la ceiba sagrada, donde los dioses escuchan las plegarias de los mortales. Todos en la ciudad sabían que Cuzán estaba prometida al príncipe Ek Chapat de la ciudad de Nan Chan. Por eso cuando el rey supo que Chalpol era el amante de su hija, ordenó que fuera sacrificado. Cuzán le suplicó que le perdonara la vida, pero todo fue en vano.
El día señalado Chalpol fue pintado de azul para la ceremonia del sacrificio. Hasta el atrio del templo llegaba el aroma del copal que se quemaba para expulsar los espíritus. Con los ojos llenos de lágrimas, Cuzán volvió a pedir a su padre que no lo sacrificara, prometiendo que jamás lo volvería a ver y que aceptaría con obediencia ser la esposa del príncipe de Nan Chan. Después de consultar con los sacerdotes, el Halach Uinic le perdonó la vida, bajo la única condición de que su hija se encerrara en sus habitaciones. Si salía, Chalpol sería sacrificado.
En la soledad de su alcoba, la princesa entró en la senda del misterio. En el silencio de la noche, fue llamada a presentarse ante el Halach Uinic. Cuando llegó a los patios del templo sus ojos buscaron los de su amado. Tembló al pensar que lo hubieran sacrificado. Le preguntó a su padre, quien sólo sonrió. Un hechicero se le acercó ofreciéndole un escarabajo y le dijo “Cuzán, aquí tienes a tu amado Chalpol. Tu padre le concedió la vida, pero me pidió que lo convirtiera en un insecto por haber tenido la osadía de amarte.
El mejor joyero del reino lo cubrió de piedras preciosas y le sujetó una de sus patitas con una cadenita de oro. Ella lo prendió a su pecho y le dijo: “Maquech, eres un hombre, escucha el latido de mi corazón, en él vivirás por siempre. He jurado a los dioses no olvidarte nunca”. “Maquech, los dioses no han conocido nunca un amor tan intenso y tan vivo como este que consume mi alma”. La princesa Cuzán y su amado Chalpol, convertido en Maquech, se amaron por encima de las leyes del tiempo, con un amor colmado de eternidad.
Tras este relato investigué un poco sobre la biologia del animalito, y según un docuymento en PDF de la UNAM, se alimentaban de madera en descomposición y hongos que habitan en ella, y tras obtener los datos necesarios, le preparé un pequeño terrario usando dicha madera podrida como sustrato y algo de musgo del que se usa para el nacimiento, el cual suelo guardar año con año obsesivamente, al grado de juntarlo de los botes de basura del mercado.
Por la idea de liberarlo en época de lluvias decidimos no ponerle joyas, y aunque por ahora vive con nosotros, probablemente solo nos acompañe hasta la feria de febrero, donde espero colaborar con mi escuela y exponerlo así como su historia.
(El post y su contenido cuenta con información y fotografías propias y de terceros, créditos a sus respectivos autores)







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